Comentarios

José Miguel Bayro Carrochano

José Miguel Bayro Carrochano

Nació el 19 de Marzo de 1960 en Cochabamba, Bolivia, Nacionalizado Mexicano.

Como los pintores que siguen confiando en lo figurativo en el tiempo de la abstracción que permanece y de las instalaciones que llevan las escenografías a las artes plásticas, José Bayro C. se aparta de las representaciones clásicas para incursionar en lo que podría llamarse "la distorsión de los valores en fuga". Antes de explicarme, que bien lo necesito, debo intentar una tarea definitoria. A Bayro, poseedor de una cultura plástica muy firme, las modas no le han interesado, no es hiperrealista, ni neofigurativo, ni abstracto con jerarquía de los colores. Es, con ejercicio del gusto, alguien que le atribuye a la representación el carácter de un recorrido por la vida social, el universo sexual, la vida de las parejas, los alcances de la ansiedad de los solitarios. Él se enfrenta a las telas no para alcanzar esa reducción al absurdo de las páginas de sociales que es la ambición del éxito, sino para acercar a los espectadores/ lectores a la revisión de su mirada.

Bayro ha recorrido en su aprendizaje la pintura internacional, ha estudiado probablemente a Dubuffet, a Graham Sutherland, al colombiano Alejandro Obregón, a los grandes portadistas de los discos de rock, y de ellos y de muchos otros ha extraído la lección perdurable: no hay influencias, sólo afinidades y correspondencias. Así por ejemplo, algo en principio no identificable con Bayro, el "neogótico" de fines del siglo XX y del siglo XXI, algo tiene que ver, no tanto con las distorsiones de la figura, hoy un derecho irrebatible en las artes plásticas, sino con la obsesión primordial: no hay tal cosa como la transparencia de los personajes, los artistas, si lo son genuinamente, distribuyen el misterio o los secretos en cada una de sus atmósferas, en cada uno de los personajes. Esto, en el "neogótico" tenía que ver con las sensaciones y las intuiciones de la "muerte de Dios", que equivalía a reconocer en las oscuridades que cada figura contiene.

En el siglo XXI la empresa de no "revelarle" todo a quien contempla los cuadros, sino de exigirle que se sume al pintor en su esfuerzo contra las obviedades, fructifica sin necesidad de inscribir las obras en corrientes pictóricas específicas. Ya no se necesitan torreones que escondan a prisioneras anhelantes, ni monjes sombríos en pasillos de rectitud laberíntica, ni castillos que sean premoniciones del infierno, ni al conde Drácula, que hace de la sangre consumida la metáfora por excelencia del apagamiento de la sed. Lo "neogótico" ahora, también puede ser la impresión de quienes contemplan los óleos: estos personajes emblematizan algo que debo descifrar pero no con palabras policiales sino con la mezcla de intuiciones y cultura plástica, con la decisión de darle a la estética el papel inevitable: la disciplina personal y académica que se opone a la fijación verbal de un cuadro, un dibujo, un grabado, una escultura. Estamos hechos de lo que miramos y, también, en gran medida, de lo que seguimos mirando, no la repetición sino la recreación del punto de vista.

José Bayro C. pinta una realidad y una irrealidad simultáneas, es un artista con motivaciones evidentes, y es también un pintor que, como es debido, a sí mismo se oculta una parte de lo que va escudriñando, pintando y leyendo en cada uno de sus cuadros. Hay aquí, con argumentos y con apreciaciones brumosas, situaciones que antes llamaban "equívocas", hay solitarios que contemplan el infinito para ver hasta dónde llega, hay habitaciones que pertenecen a un reinado o a una vecindad, hay humor, un humor efectivamente malicioso, que persigue a sus personajes hasta que depositan el enigma en una carta dirigida a la Justicia y al Porvenir, dos formas de lo desconocido. Bayro pinta, captura seres que le deben su existencia al secreto, le da oportunidad a los que observan su trabajo de creer en la recreación. Es un artista, integrado por el trabajo incesante, las visiones revisadas de sus creencias, el cotejo de la pintura mundial, el afán de no darle oportunidades al autoengaño. Bayro es un pintor de nuestro tiempo y la resonancia de la frase tiene que ver con la perdurabilidad de sus imágenes.
Como es dominio general entre artistas y aficionados, el color es uno de los elementos plásticos que, desde hace unos tres años, viene preocupando, en cuanto a conocer las dimensiones estéticas de sus variantes. Por eso la pintura se viene ocupando en investigarlas, al mismo tiempo que nos enseña a ver los por menores del color puro. No por nada, al plano activo del color, específico de la pintura y no en vano muchos aficionados al arte ven formas y no colores; perciben la presencia de estos, los ven como primarios (rojo, azul y amarillo) o secundarios (violeta, anaranjado y verde). El color también es preocupación de muchos grabadores y se dedican a entrecruzar sutilezas cromáticas con los pormenores gráficos, esto es, con los de la línea activa. Por camino, el grabado viene logrando unas secas variantes cromáticas muy particulares y diferente del color pictórico aplicado con el pincel y mezclado, ora en la tela ora en la paleta. El grabado, lo mismo que la pintura. el dibujo o la fotografía, son tecnologías de producir imágenes manualmente o de modo mecánico, pero éstas pueden resultar pictóricas o gráficas. No olvidemos que la pintura Guemica de Picasso es gráfica y no pictórica. (Los conceptos de plano -o línea- activa, media o pasiva, fueron vertidos por Paul Klee en sus lecciones y creemos que nos pueden servir para; diferenciar lo gráfico de lo pictórico). Los grabados de José Bayro aquí expuestos, nos han suscitado las consideraciones anteriores. Su conjunto se caracteriza -para nuestro modo de ver- por un equilibrio muy personal y armónico de las sutilezas del color -un tanto sordo- con las recias y punzantes líneas activas predominantes en sus figuras. Sus trazos adoptan la fuerza comunicativa de los primitivos e ingenuos. Detengámonos, por ejemplo, en las tierras verdosas de la Caja de Chocolates con sugerentes vibraciones o en los violetas amarillos y los ocres claros de Concierto para una Naturaleza Muerta. Las escenas y escenarios representados, son inusuales y siempre nos desconcierta algún elemento o la sintaxis. Sus figuras fungen como símbolos. No las une una lógica trivial sino la posible alegorización de alguna idea, impresión o concepto. Son verosímiles las imágenes de gente o de animales por separado, pero no unas junto a las otras. Es posible que algunas persa pongan reparos a sus grabados. Para nosotros lo sustancial y atractivo, está en su color grafico, vale decir, en el maridaje de la sutileza cromática con el predominio de la línea activa. Mtro. Juan Acha
Hasta hace veinte años, a más tardar, el público y los críticos estaban de acuerdo en que el arte del futuro, es decir el arte de hoy (y de mañana) iba a ser cada vez más abstracto, más extraño, más difícil de disfrutar... pero, ¿cuánto más?
Hacia 1960 ya se había llegado no solo a la pintura monocroma sino también a la completamente acromática, al lienzo blanco como culminación de aquel inexorable proceso de condensación, simplificación, eliminación, abstracción. Hacia los años 70 ya se había llegado no sólo al afiche político como lógica culminación del realismo socialista sino también al acto político en sí comprendido como fenómeno estético ( Beuys ). Ya se había llegado al arte mínimo, al arte bruto, al arte pobre, al arte. efímero, al arte conceptual como etapas sucesivas en ese proceso de autonomía y desmaterialización iniciado cien años atrás con los colores vibrantes e irreales de los impresionistas, o inclusive antes aún con las enfáticas deformaciones del Manierismo.

Hace veinte años se esperaba, pues, que el arte moderno continuase evaporándose, convirtiéndose en meta-lenguaje, en concepto puro, en imagen computarizada, en holograma... El futuro del arte era tan obvio y predecible, que la antítesis no se hizo esperar, y esta vez en forma de un furibundo retorno a la pintura primitiva, al gesto primario o, por lo contrario, a un virtuoso academismo victoriano lleno de referencias literarias. . A todo esto se le llamó trans-vanguardia, neo-expresionismo, postmoderno, neo-academicismo.

El arte moderno pasó de moda.

Los últimos quince años se caracterizan mas bien por la idea de síntesis, la noción de que lo histórico y lo creativo no son parámetros necesariamente antagónicos en el arte. Una obra puede perfectamente ser medieval y moderna a la vez: Al condensar y sintetizar en sí diversas épocas, logra reflejar efectivamente la complejidad de nuestra existencia en tanto seres históricos y, al mismo tiempo, actuales.

Lo que prima es el criterio de calidad .

En la obra de José Bayro C. encontramos aspectos y elementos pictóricos obviamente referenciales a la historia del arte premoderno (vale decir: no moderno). La utilización del grabado en metal, el temple al huevo y el óleo sobre madera, las mas clásicas de las técnicas. La inclusión de detalles formales y accesorios "históricos" como la vestimenta de sus personajes, que usan gorros medievales y medias-calzón y tocan tamborcitos u otros instrumentos musicales. Su delicada palidez me recuerda a obras del Quattrocento florentino e inclusive más remotas, como las figuras femeninas de Giovannino De'Grassi en el Siglo XIV. Títulos como "primavera" o "Arcángel" están referidos a temas más tradicionales que vanguardistas. El carácter general de estos trabajos es, a primera vista, historicista y conservador, delicado, esteticista, casi nostálgico.

Pero también vemos, al mismo tiempo, rasgos netamente contestatarios y modernos (en el sentido revolucionario de la palabra) como el uso de la combinatoria surrealista con la que este creador sugiere nuevos significados y elícita sorprendentes sensaciones estéticas mediante la confrontación de elementos disímiles, dispares e incongruentes entre si. Vemos un manejo sumamente libre del espacio pictórico en cuanto a su composición. Y disfrutamos de la magistral integraci6n de objetos varios (recortes, hilos) en los dibujos a tinta, aparentemente tan preciosistas y clasicones. Descubrimos una interesantísima relación dialéctica entre lo históricamente consolidado y la experimentación.

En esto radica precisamente el gran logro y el encanto de la obra de José Bayro C. Sin ser presuntuosa y sin grandes bombos ni platillos, no solamente anticipa sino que encarna ya en sí lo que seguramente será el arte del Siglo XXI: Un arte profundamente humano que elimine el antagonismo entre lo viejo y lo nuevo, entre el pasado y el presente. Un arte de reconciliación histórica.

Mtro. Roberto Valcárcel
Santa Cruz de la Sierra,
Julio de 1994